Elogio de la profesión militar

(Al teniente general Pedro Galán y a su esposa, María Antonia)

En el Casino de Santa Cruz se ha celebrado una merecida cena-homenaje  a quien ha sido y será siempre nuestro capitán general. Mi temprana vocación por los temas militares y de defensa, pero, sobre todo, por la historia militar, me avalan para afirmar, sin ditirambos, que el teniente general Pedro Galán es uno de las más genuinos arquetipos que he conocido de las virtudes militares, entre las que destaco el patriotismo, razón de ser de la profesión militar, que algunos consideran como una ridícula antigualla y como un arma vieja y enmohecida. Se equivocan, porque, como escribió Galdós, “ese sentimiento soberano lo encontramos a todas las horas en el corazón del pueblo donde para bien nuestro existe y existirá siempre en toda su pujanza”. Para nuestro ilustre escritor,  el patriotismo es la suprema expresión de la Fe Nacional, sin la cual, dijo, no hay salvación posible para las naciones.

Ha bastado que en Cataluña algunos irresponsables fanáticos independentistas intentaran descuartizar España, para que en las ramblas de la Ciudad Condal ondearan cientos de miles de banderas españolas, portadas por la inmensa mayoría de los catalanes no independentistas. Las virtudes militares tienen estrecha relación de dependencia con los valores supremos de una nación. Como dijo acertadamente Ortega y Gasset, “el grado de perfección de un ejército mide con pasmosa exactitud los quilates de la moralidad y vitalidad nacional”.

Teniente general Pedro Galán, hasta ahora jefe del Mando Unificado de Canarias./DA- FRAN PALLERO

Me atrevo a añadir que también mide los quilates de los valores superiores del ordenamiento jurídico proclamados en el artículo 1.1 de la Constitución: “libertad, justicia, y la  igualdad”. Para entender estas afirmaciones es necesario hacer una breve reflexión de cultura militar, de la que tan poco, salvo contadas excepciones, saben nuestros políticos, pero que debieran saber, para lo cual es obligado referirse al legado cultural e intelectual de dos de los grandes genios de la  humanidad: Miguel de Cervantes, príncipe de los  ingenios,  y Nicolás Maquiavelo, padre de  la Ciencia Política.

En el famoso discurso de “Las Armas y Las Letras”, el Quijote afirma: “Las letras dicen que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, y se despejan los mares de corsarios”. Unos años antes, Nicolás Maquiavelo había afirmado que “los cimientos de un Estado son las leyes justas y las armas fuertes, pero no hay leyes buenas sin armas buenas”. Todo lo demás es retórica.

Los populistas que pregonan el antimilitarismo y el pacifismo, pero fomentan el odio, germen de casi todas las guerras, olvidan que los auténticos pacifistas son los militares, los primeros en sufrir el horror de la guerra. Hay militares porque hay guerras, no hay guerras porque hay militares. Como señaló Bedell Smith:“Raramente ha sido capaz la diplomacia de ganar en la mesa de conferencias lo que no ha podido ser ganado conservado en el campo de batalla”. Sin ejércitos, la humanidad está advocada a la barbarie. No nos engañemos, la vida, decía el filósofo, emperador romano, de origen hispano, Marco Aurelio, es una guerra perpetua, un fenómeno inherente a la condición humana.

Siempre ha habido, hay, y habrá guerras, sean abiertas, larvadas, latentes o “frías”, y guerras del yihadismo, y, si no hay una guerra abierta generalizada, es por el terror nuclear. Estos días, en Madrid, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ha recordado un famoso discurso del presidente francés François Mitterrand, en el que dijo: “El nacionalismo es la guerra”. Por eso tenemos que estar preparados permanentemente para la guerra, que es la única forma de evitarla. Sigue rigiendo el “Si vis pacem para bellum”, y sigue siendo real la frase de Clausewitz, adoptada por Lenin : “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, y que “lo peor de una guerra es perderla” (W.Churchill).

Hora es de que valoremos la grandeza de la profesión militar, tantas veces incomprendida y marginada, como dijo el mariscal de Sajonia: “En nosotros no se piensa más que cuando llueve”.

Con ser relevantes las virtudes castrenses del teniente general Pedro Galán, más lo son, si cabe, sus virtudes personales de sencillez, humildad y caballerosidad. Los grandes jefes militares, como él,  son aquellos que se han sabido ganar el afecto de sus subordinados, de sus soldados y del pueblo al que sirven. Las democracias más avanzadas, que valoran la enorme experiencia y  preparación de los generales que pasan a la reserva para cualquier actividad humana, les abren las puertas para ocupar altos cargos en la Administración y en las empresas. En España, con frecuencia, caen en el olvido. Los canarios que hemos tenido la suerte de gozar de su amistad, no olvidaremos a Pedro ni a María Antonia. Les recordaremos siempre, como se dice en un letrero de las Termas de Caracalla, “en invierno y en verano, lejos y cerca, mientras vivamos y después”.
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Eligio Hernández es vicepresidente de la Fundación Juan Negrin

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com