Una cuestión de género

Los hombres que se sienten superiores a las mujeres no demuestran su estupidez colocando una “o” al final de cada palabra con el fin de demostrar su predominio indiscutible. Hacen otras cosas más ostensibles y deleznables. Las hacen porque siempre las han hecho, y en esa tradición encuentran su justificación. La defensa de la costumbre no es otra cosa que el freno que la humanidad pone a la fuerza arrolladora de la evolución. Siempre, al final, ésta acabará por imponerse.

Elegir el lenguaje como campo de batalla para visibilizar a las mujeres, como dice Irene Montero, es reducir la lucha por la igualdad a un territorio inútil y ridículo. Ningún hombre verá menoscabada su sempiterna e insoportable prepotencia porque el diccionario se llene de duplicidades y redundancias a fin de dejar claro el género de las cosas por el uso de una vocal determinada. Sin embargo, habrá muchas mujeres que se sentirán avergonzadas de que algunas de sus congéneres pierdan el tiempo en estas majaderías. Puede ser que hasta lo consideren un estorbo a sus reclamaciones, porque lo que les ocupa tiene una importancia bastante más profunda.

La reivindicación por los derechos de la mujer comenzó hace ya muchos años, en los tiempos en que podía considerarse una acción heroica; cuando lo que se pretendía conquistar era un espacio completamente invadido por el sentido que lo masculino le había otorgado a la sociedad. Me refiero a auténticos actos de reparación de una injusticia que deberían ser volcados en las leyes. Qué dirían estas campeonas si vieran que todo su esfuerzo se ha traducido en el debate de cómo ampliar el uso de los géneros gramaticales.

Me da la impresión de que a quien está reclamando una equiparación salarial le debe importar más el efecto que esta tenga en su nómina que la denominación del trabajo que desempeña. Lo mismo digo de quien exige la paridad y, sobre todo el acceso selectivo a los cargos de dirección. Las mujeres deben pelear porque sus capacidades sean plenamente reconocidas, derribando un mito que emparenta al género con la superioridad intelectual. Es más, diría que se trata de una exigencia que deben de plantear también los hombres, porque constituye un problema del conjunto de la sociedad. Si ocurriera al revés también sería un atropello.

Reconozco que falta mucho camino por andar, sobre todo en el campo de la educación y en el respeto en las relaciones de pareja. Parece que las nuevas generaciones empiezan a entenderlo; sobre todo, por lo que ellas han sido capaces de imponer. Esto, que pertenece al ámbito del comportamiento, tampoco se arregla con gramática.

Ahora estoy leyendo la colección de relatos de Lucia Berlin, declarado por Babelia como el mejor libro del año. Ya va por la 13.ª edición en Alfaguara. Me emociono también con Alice Munro y tantas otras que han hecho que en la literatura no sea necesario el travestismo para expresarse de una manera sublime. Esto me reafirma en que estas mujeres escritoras no tienen ninguna necesidad de retorcer el lenguaje para demostrar lo que son. Es más, se sentirían incómodas si unas militantes de una lucha mal encauzada les estuvieran chivando en el oído cómo deberían escribir para ser políticamente correctas.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com