El cambio sólo se ha hecho quebrantando la ley

Puigdemont proclamó la república, brindó con cava y se mandó a mudar

Los argumentos del independentismo catalán han dejado de ser la reivindicación de una identidad histórica, la defensa de una lengua y unas especificidades, y el reconocimiento de una nacionalidad (que no de una nación) como se recoge en la Constitución española de 1978. Ahora son otros los motivos fundamentales para movilizar a sus electores. Se habla de persecución, de ser víctimas de la violencia, de verse privados de expresarse libremente en las urnas y estar permanentemente acosados por un Gobierno dispuesto a saltarse el estado de derecho y las libertades civiles. Estas razones, que estamos cansados de oír, desde que se trazó la hoja de ruta para alcanzar el objetivo de una república independiente, son los expresados por Marta Rovira en su dramática carta de despedida, cuando dice: “Es la única forma que tengo de levantarme en contra del Gobierno del PP, que persigue a todo el que está a favor de votar, y que castiga a cualquiera que intente cambiar lo preestablecido y lo establecido. Un Gobierno que está dispuesto a saltarse el estado de derecho y las libertades civiles para conseguir sus fines políticos”.

Es falso que se persiga al que está a favor de votar. Puigdemont tuvo la oportunidad de convocar elecciones y prefirió hacer una Declaración Unilateral de Independencia, brindar con cava, cantar un himno y escaparse a las pocas horas. Hay que observar que estos últimos alardes se produjeron bajando una escalera –no subiéndola– con lo cual se demostraba el reconocimiento del declive de la operación. Si a lo que se refiere es a la posibilidad de celebrar un referéndum circunscrito a la Comunidad Autónoma   ̶ el llamado derecho a decidir ̶   de sobra es conocido el concepto de Unidad recogido en el artículo 2 de la Carta Magna, para saber que esa decisión deberá ser adoptada por el conjunto del Estado, que es donde reside la soberanía.

Continúa diciendo, en este mismo sentido, que se castiga al que intente cambiar lo preestablecido. Esto también es mentira porque ese cambio solo se ha intentado quebrantando la ley; es decir, tomando los caminos al margen de lo que ésta prescribe. Cuando concluye que el Gobierno está dispuesto a saltarse el estado de derecho y las libertades civiles para obtener sus fines políticos está haciendo un retrato fidedigno de las actuaciones del bloque independentista, como se detalla con exactitud y rigor en el auto del juez Llarena.

Hay quien dice que exponer estas argumentaciones es no entender un problema que es estrictamente político, en el que los tribunales de justicia deben mantenerse al margen; que las cosas no se arreglan aplicando las leyes, cuando estas son vulneradas, sino dialogando. Por eso se afirma que no existen garantías judiciales si la ley es aplicada por unos jueces que están al servicio del Gobierno, cuando en realidad lo que se quiere decir es que tales garantías no existen a partir de que no son capaces de aceptar sus pretensiones en las condiciones que son de su exclusivo interés. Qué le vamos a hacer. Una parte de la política española ha confundido la solución del conflicto catalán con la urgencia de echar a Rajoy del Gobierno y así les va. Existe oportunidad para ambas cosas. El error está en hacer depender a una de la otra. Se confunde a la lucha partidista con la defensa del Estado.

Nadie quiere reconocer que al proceso de independencia le falta legitimidad. No cuenta más que con el 47% de los votos, a pesar de que Doménech se haga la foto con el bloque anticonstitucional. No importa esta cuestión, porque todos dicen hablar en nombre de todos los catalanes. El problema estriba en que una minoría intenta imponerse a la mayoría, algo que tiene una pobre interpretación democrática. Por eso dice Marta Rovira en su carta: “Solo desde el respeto y del amor hacia todos los ciudadanos y todas las opiniones conseguiremos cambios radicales y profundos”. Esta es la rúbrica de la gran falacia, porque esos cambios que propone, de momento, son rechazados por la mayor parte de aquellos a los que apela. Un tweet, enviado desde Suiza, dice: “No desfalleceremos y lucharemos”. No parece demasiado triunfalista. Son los consejos que dan al púgil en su rincón cuando tiene el combate perdido. Y si son entre lágrimas, con mayor razón.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com