El asesino silencioso

El pesimismo colectivo actúa como el asesino silencioso de la sociedad. Consiste en la quiebra de las expectativas de progreso que los avances anunciaban para todo el conjunto y en el aumento de la desesperanza por alcanzar una vida mejor después de ver alumbrarse un paraíso en el porvenir. El pesimismo es la pérdida de confianza en la existencia de valores que nos guíen con seguridad hacia el futuro. Es el diseño de un horizonte borroso más allá del cual no hallaremos otra cosa que la sospecha apocalíptica

John B.S. Haldane

de la muerte y la destrucción.

En 1923, el bioquímico inglés John B. S. Haldane publicó un libro titulado “Dédalo o la ciencia y el futuro” en el que vislumbraba un futuro basado en el progreso social que aportarían los avances científicos, sobre todo en el campo de la ingeniería genética. No andaba equivocado porque hoy disponemos de técnicas extraordinariamente desarrolladas en ese terreno, y en otros donde la tecnología ha sido capaz de hacer real todo lo que la ciencia teórica proponía como posible desde los primeros años del siglo XX. En lo que andaba errado era en que esos adelantos fueran a provocar la felicidad de las sociedades futuras. A esta obra contestó Bertrand Russell con “Ícaro o el futuro de la ciencia”, en donde pone de manifiesto que la condición humana −define a los hombres como un cúmulo de pasiones y de instintos− no está en condiciones de adaptarse inmediatamente a aquello que el progreso pronostica. Por eso contrapone a Dédalo, el ingeniero capaz de realizar grandes proyectos, a su hijo Ícaro, que se estrellará al llevarlos a la práctica.

Lo cierto es que, ante los presagios de un mundo sin problemas y pleno de felicidad, se impone la realidad de la frustración pesimista del que no comprende los beneficios directos que le aportan los descubrimientos. En paralelo se produce una reacción catastrófica que proclama la amenaza de la destrucción del planeta en manos de ese progreso incontrolado. Noventa años después, el mar sigue siendo igual de azul y la dicha no ha sido capaz de inundar al conjunto de la Humanidad. Más bien, lo que nos invade es una sensación general de pesimismo que acabará matando a nuestra conciencia de grupo. Este es el asesino silencioso al que me refería al comienzo de este escrito.

Bertrand Russell

La situación de desesperanza, en el terreno político, ha sido perfectamente descrita en un artículo de Antoni Puigverd, publicado en La Vanguardia de hoy, en el que dice que “la verdadera memoria histórica de España es la adicción al desastre”. Tiene razón Puigverd porque sufrimos una tendencia a la depresión ante el fracaso. Nuestra historia esta llena de ejemplos, pero los más recientes se pueden referir a 1898 y a 1936. Ahora empezamos de nuevo a convalecer después de que alguien ha declarado el fracaso de la etapa democrática inaugurada en 1978. Estamos ante un terreno yermo y agotado donde ya no es posible sino el llanto y la queja. Hay algo que nos está matando calladamente, sin que nos demos cuenta, y es la actitud negativa y el renacer de complejos que nos hacen renegar de nuestras capacidades. El único consuelo −y este, según se dice, es el consuelo de los tontos− es que lo sufren en la casi totalidad del planeta, debido a que las conclusiones de Haldane y de Russell eran genéricas y no hacían referencia al espacio concreto en el que vivimos. Los dos tenían razón, porque, aunque la gente no las comprenda, las cosas están ahí, a pesar de que lo habitual de su uso no nos permita ver que nos hemos convertido en mejores personas.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com