Ramos lo hizo todo: falló en el primer gol, falló un penalti, se metió un gol en propia meta y metió otro gol de penalti. Bonita noche

El Madrid lo hizo todo mal, anoche, con el equipo suplente. Uno de los pocos titulares que jugó, Ramos, fue el gran protagonista. El niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro. El primer gol del Sevilla se lo regalaron a Ben Yeder entre Theo, Ramos y el portero Casilla, que está para jugar en el Puerto Cruz, pero no para el Real Madrid. Luego todo fue muy embarrullado. El Sevilla es el equipo más chanchullero de la Liga. Mateu tenía que haber dado diez minutos de descuento y entonces habría ganado el Madrid, que se dejó meter otros dos goles más, goles idiotas, en uno de los cuales volvió a fallar Casilla y el tercero lo marcó en propia puerta Sergio Ramos, al intentar interceptar un centro de Mercado sin peligro. Había el central lanzado antes un penalti, por derribo de Escudero a Lucas Vázquez. Quiso hace una paradiña, despistó al portero pero la pelota dio en el travesaño y volvió al campo. No fue la noche de Ramos, pero yo prefiero que no sea la noche de Ramos ahora, que no en Kiev. Ayer, ante la impotencia de los suplentes, Ramos lo quiso hacer él todo y no le salió nada bien. Si acaso el segundo penalti, cometido por Mercado, que tenía que haber sido expulsado porque tenía amarilla, tras empujar a Theo en el área del Sevilla. Si el partido dura unos minutos más, el Madrid lo gana, porque sólo le salió de los bajos jugar bien diez minutos antes de que el árbitro pitara el final, tras dar cinco minutos de prolongación por las continuas payasadas y pérdidas de tiempo del Sevilla, al más fiel estilo Caparrós, un viejo zorro que ya tenía que estar aconsejando fichajes y no en la banda, saltando como un títere. El Madrid perdió la posibilidad de ser segundo en la Liga y no tercero o cuarto. No se trata sólo de pensar en la final de Champions, sino de mantener la dignidad de la institución. Los suplentes del Madrid, hoy, no son los meteoros del año pasado, los de aquella exhibición en Riazor. Son muy torpes. En fin, 3-2 en el Sánchez Pizjuán, con un Madrid con los dos ojos puestos en la final de Kiev, pero desesperando a su afición. El Real no tenía que perder ni un solo partido de los tres últimos de la Liga, pero ese honor se lo deja al Barça mientras el equipo blanco sólo piensa en la Champions. Mira que si pierde la final. El Barcelona, mientras, hacía los deberes ante el Villarreal. Ganará la Liga sin perder, aunque eso no sea un título sino un récord, que no vale para nada. Lo que vale es la copita en la sala de juntas. Lo que está claro es que, sin tirar a gol, no se marcan goles. Es como una ley de la física. Y en  el Madrid sólo remató Mayoral de cabeza, a centro de Asensio –gol—y los dos penaltis, uno medio a lo Panenka que dio en el larguero, como he contado, y el otro, de persona normal, a la red. Sergio Ramos lo hizo todo, repito, hasta tirar las faltas, quitándoselas a Asensio. Mejor que se calme y que ate mejor a los delanteros y que se deje de echarse el equipo al hombro que para eso está Cristiano, que se quedó en Madrid. Ayer, Sergio Ramos se creyó un dios porque jugaban en Sevilla, donde le pitan. Se le agradece el entusiasmo, pero mejor que hubiera cogido a Ben Yeder en el primer gol y que hubiera tirado mejor el primer penalti y que no hubiera marcado en propia puerta el tercero del Sevilla. Y eso.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com