El cesarismo de Puigdemont

El independentismo es un sentimiento. Esto, que es verdad, lo aleja de la racionalidad. Lo racional lo es en tanto que se apoya en verdades duraderas y estables. Por el contrario, lo basado en los sentidos es más vulnerable a la apariencia, y, por tanto, al desengaño que aparece cuando se descubre la escasa contundencia de sus principios. Igual que el amor, que puede enardecer mientras se mantiene viva la pasión, pero, en cuanto esta se debilita, el castillo de seguridades se viene al suelo y solo pervive, en los casos en que lo hace, gracias a la conveniencia.

La fanatización se produce normalmente por el deslumbramiento momentáneo. No analiza las causas que le llevan a sus convicciones contundentes; por tanto, no considera necesario basarlas en afirmaciones verdaderas. Da igual: todo se puede construir con la falsedad y su eficacia sigue siendo la misma. Lo que no se debe pretender es que ese aspecto mentiroso y falaz sea capaz de mantenerse en el tiempo. En la situación actual de Cataluña el independentismo se fundamenta en hechos aparentes y mentirosos. El principal es el mandato obtenido en el falso, ilegal y amañado referéndum del 1 de octubre. Parece que ahí se halla el principio inquebrantable de su compromiso. Aunque lo fuera, de una cuestión tan volátil como el resultado de una consulta, nunca puede deducirse una decisión que vincula para toda la vida. Hace falta algo más para eso.

Puigdemont y su títere, Quim Torras./rtve

El segundo fundamento es la representación que ostenta de la mayoría de la población catalana, y esto también es una falsedad, se la interprete como se la interprete. Confundir una mayoría parlamentaria con lo manifestado en los votos libres de los ciudadanos es una ruindad en la que, afortunadamente, no todos caen. Ya han surgido voces en los distintos sectores que aseguran que el resultado obtenido en las urnas no es suficiente.

Parece que no existen más razones de peso que las que acabo de expresar, a no ser que incluya una intención perversa de canalizar el odio que previamente se ha inoculado en la población. Pero me equivoco, porque hay un nuevo motivo puesto de manifiesto en los últimos días, y es la ambición desmesurada de un individuo que no esconde su voluntad cesarista. Esto hace llevar a sus simpatizantes a soportar argumentos disparatados como la bilocación de la república: la exterior y la interior, igual que si fuera Teresa de Jesús. Al menos la santa era capaz de fundar realidades concretas −lo exterior−desde sus moradas interiores, pero esta capacidad no se la veo al enajenado que anda exiliado en Alemania.

Miente cuando asegura ser el presidente, pues no ha sido investido por ninguna cámara. Además, se siente con la potestad suficiente para hacer nombramientos y disponer acciones de gobierno. Se cree un dios que exige que le mantengan intacto su santuario hasta que le sea posible su retorno. Su despacho se convertirá en intocable para salvaguardar su suprema dignidad de pacotilla. No se da cuenta de que existe un refrán que asegura que el que se fue a Sevilla perdió su silla. Como humano que es también comete errores, y el principal es confiar que nombrando al más tonto este le obedecerá ciegamente cuando obtenga el poder. Suele ocurrir al contrario: el más incapaz será el primero en darle la puñalada.

De cualquier manera, no hay que perder la calma. Mientras tengamos a la Constitución, y a un fuerte bloque que la defienda, habrá garantías de que no se volverán a cometer disparates, y si lo hacen se aplicarán otra vez las leyes por más que canturreen por el mundo que el Estado de derecho no existe en España. La pena es contemplar cómo un pueblo inteligente se deja conducir por una panda de oportunistas. Cuando se den cuenta, esto habrá llegado a su fin. Hay enfermedades que el propio cuerpo se encarga de curar con sus mecanismos de autodefensa. Puigdemont, como dice su propio nombre, ha llegado al pico del monte; ahora le hace falta un pequeño empujón para caer rodando por la ladera. Esto ocurrirá cuando los catalanes empiecen a avergonzarse de sus dirigentes. No sé qué más hace falta para que ya lo hagan. La historia ha sufrido multitud de personajes como este. Unos duran más y otros menos, pero todos hicieron sufrir de forma innecesaria a los pueblos que los siguieron.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com