Recuerdos del volcán

Cuando el magma volcánico se cansa de su secular silencio bajo una capa de tierra, escasa  vegetación , agua también escasa y quietud de siglos, suele asomarse al menos esperado portalón para, entre gritos de histeria colectiva e incontenible, bajar corriendo por las más próximas laderas en busca de sabe Dios qué extrañas metas. Y como si quisiera conocer en pocos días lo que durante siglos le estuvo vedado, golpea a diestra y siniestra, se ríe a carcajadas y, cuando se da cuenta de todo el daño que ha ido derramando a su paso, ya no puede poner freno a tanto despropósito. El mal está ya hecho; pero, avergonzado de su terrible trabajo, el portalón sigue allí abierto solo como nefasto recuerdo. Porque cuando el monstruo decida, muchos años  después, salir a la luz del día,  nadie llegará a suponer qué nuevo portalón, a varios kilómetros de distancia, habrá elegido para repetir su hazaña.

Dibujo de la erupción del volcán, obra de Pascual González Regalado.

Pero los volcanes son también caprichosos. Avanzan raudos en una dirección ladera abajo, pero se bifurcan, se paran y  vuelven a lucirse ladera abajo. Como el volcán de 1706 en Garachico que, después de quemar iglesias y viñedos en El Tanque y San Juan del Reparo, se empeñó en  acercarse al viejo y hermoso puerto que había en la localidad del Roque, como si estuviera celoso de  la vida brillante y rica que se apreciaba en aquel lugar de la costa. Caprichoso fue nuestro volcán cuando, a mitad de camino, se bifurcó para dejar en medio, caprichosamente tal  vez, la iglesia de Los Reyes y la  Casa de Arango.

Hoy, en la ermita o iglesia sigue habiendo culto religioso. La casa de Arango es algo diferente. Se trata de la  casa más antigua que aún mantiene Garachico. Pero aunque podría ser declarada Bien de Interés Cultural, su aspecto actual da pena. Es una gran  casa adornada de collares de bisutería. La respetó el volcán del mismo modo que el enamorado respeta a la doncella. Pero luego se demuestra que  el hombre es más duro que el volcán, Por eso  la llenó de adornos exteriores y lo que era una construcción que podría presumir diciendo: “Yo he vencido al  volcán”, el monumento secular se ha convertido en una edificación que  no atrae por su  belleza. Y tal vez por ello ha decidido  callar para siempre en lugar de presumir de  valiente.

Y es que, querámoslo o  no, existen en el mundo seres humanos que hacen  más daño que un volcán.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com